Botanik propone un contrapunto abstracto: formas que, partiendo de la materialidad, se desplazan hacia lo simbólico. El punto de partida son secciones de tronco; los anillos anuales funcionan como mapa del tiempo.
El proceso es un acto de atención: una manera de escuchar lo que la materia tiene que decir. A través de un trabajo sostenido, los gestos invisibles del árbol — interrupciones, resistencias, expansiones— emergen. Al estampar estas matrices casi escultóricas sobre el papel, se convierten en registros del crecimiento botánico.
A partir de esas huellas comienza un proceso de recomposición. En estos collages no figurativos, los fragmentos se giran, se desplazan y se multiplican. La composición cuadrada no actúa como límite, sino como umbral. No encierra el bosque; intensifica su lógica orgánica. Las ramificaciones y repeticiones ocupan el espacio hasta generar un campo continuo.
Superando el mero documento, las piezas se abren como superficies de absorción: no buscan ilustrar, sino invitar a una experiencia de contemplación.